Navidades positivas - Diario Andaluz

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domingo, 2 de enero de 2022

Navidades positivas

 

Test de farmacia positivo | Fuente: ABC


Hay dos manera y dos posturas de ver la navidad: como un regalo o como una desgracia, con positividad o con negatividad. Soy la típica persona que empieza con los villancicos a mediados de noviembre, y que comienza a maquinar inventos y planes navideños a principios de diciembre. Sin embargo, este año me he pasado con la positividad y como todos los excesos, he tenido mis consecuencias: estar confinada.



Primeros momentos y primer día de confinamiento


Un día de risas en clase, ya se puede oler y sentir el espíritu navideño. Vuelves de camino a casa hablando por teléfono y enumerando las cosas que tiene que hacer mañana cuando llegues a tu pueblo. Llegas y te pones a hacer de comer entre villancicos y mensajes de WhatsApp, pero la felicidad se para de golpe. Tu compañera de piso ha estado en contacto con un positivo.


No quieres que cunda el pánico, pero por dentro se te para todo. La ómicron está haciendo estragos y no hay test en las farmacias, el centro de salud más cercano está cerrado. A todo esto suma que tu compañera sin pensárselo dos veces, ni asegurar si es positivo o no, se ha ido a su pueblo. Te encuentras sola, tú y la incertidumbre. Quieres permanecer fuerte, pero la lágrima asoma ya en tu ojo y se dispone a acariciar tu mejilla.


A pesar de estar lloviendo a mares, sacas el espíritu guerrero que todos llevamos dentro y con tu paraguas te dispones a recorrer todas las farmacias de Triana en busca de un test de antígenos. Es cierta esa frase que dice: “quien tiene un amigo, tiene un tesoro”, y me siento afortunada de decir que yo tengo varios tesoros, así que esta vez iba acompañada de un familiar con el que no comparto sangre.


 Te vuelves al piso sin éxito ninguno, y el ser una persona agresiva de naturaleza te hace descargar toda esa tensión, toda esa rabia, toda esa incertidumbre, todo ese miedo, … contra la pared. Te haces la cena y te vas a la cama con dolor de cabeza, pero pensando que es por la lluvia porque sufres jaquecas y además estás con la regla.


Llega la mañana del día siguiente y al dolor de cabeza se une el dolor de garganta y la tos que achacas a que el día de antes te has mojado. Igualmente te levantas y te pones a limpiar para dejar de pensar y luego te pones a comer. El tiempo pasa y aunque tú no estés al 100% psicológicamente, las cosas las tienes que seguir entregando en su tiempo y te pones a redactar un reportaje. En esa tarde se despejan las nubes de tu propia tormenta gracias a todo el esfuerzo de tu familia, que ha movido cielo y tierra para hacerse con un test de antígenos y te llevan no uno, sino una caja de cinco.


Estás con él en la mano y quieres hacértelo, pero a la vez tienes miedo. Piensas razonadamente y te pones a contar, “es mejor esperar a mañana que hacen las 72 horas”. Tu cabeza ya no está para seguir redactando, pero aún así lo intentas. Vuelves a cenar y de nuevo te vas a la cama. Una vez en ella decides no poner la alarma, tu cuerpo te pide descansar, te pide dormir para así dejar de pensar y parar por unas horas ese machaque continuo.


Te levantas con la llamada de tu mejor amiga, que te piensas coger porque sientes que un camión ha pasado por encima tuya. Hablas un largo rato con ella, te levantas de la cama y luego hablas con tu madre. Parece que estás un poco mejor así que comes y te haces la prueba. En ese momento se acaban todas las preocupaciones, el test sale negativo. Llamas a tu padre y entre lágrimas de alegría te dice que va a recogerte y que te vuelves para casa a pasar las navidades en familia.


La fuerte lluvia que cayó el 23 de diciembre hizo que entre la ida y la vuelta llegáramos a Palma cerca de las una de la mañana. Esa noche fue complicada porque ví irse todos esos planes de ir a comer con mis amigas, estar un rato con ellas entre risas recordando momentos inolvidables, ir a ver a más familiares,… y a pesar de la charla con mi madre, de nuevo la pared se llevó algún que otro golpe.


Aún así era negativo y tenía en mi casa a los más importante de mi vida, mi familia. Me levanté con toda la fuerza y alegría del mundo centrada en hacer de estas navidades las mejores. “Paula me ducho, me vuelves a hacer la prueba y colgamos las luces alrededor de la tele para esta noche”, efectivamente me duché y me volví a hacer la prueba, pero no se pegaron las luces. “Mamá ven”.


Bloqueo, mente en blanco, ¿qué hago? Te repiten una y otra vez la palabra tranquila, pero rebota en tus oídos sin más, en tu cabeza solo suenan dos palabras: 24 de diciembre y positivo.


Vuelves al mundo real y la ira es dueña de tu persona, en ese momento no existe nada en el mundo que pueda entenderte, nada en el mundo que pueda tranquilizarte. Estás tú con la ómicron, tú y tu enemigo los próximos diez días como mínimo. Cuando recuperas un poco la cordura, coges el móvil y se lo cuentas a tus personas más cercanas y por tanto más importantes.  En ese momento todo son mensajes de comprensión, de ánimo, de fuerza, mensajes que se agradecen pero que no cambian  tu ánimo.


Te encierras en tu cuarto y en ese primer momento se te caen las paredes encima. Una loca por la navidad confinada un 24 de diciembre, hechas cuentas y ves que empiezas el 2022 confinada. Aunque pensando en positivo, si lo empiezas así ya todo irá a mejor. Claro que eso en ese primer instante no lo piensas, te echas a llorar sin quererlo. Tu padre te trae la comida pero llegan las seis de la tarde y tu estómago sigue cerrado. Entonces empiezas a tener frío y pides que te traigan un termómetro, “me cago en mi vida, 38´6”.


Pero en ese momento, cuando más abajo estás empiezan las llamadas. Esas llamadas que te levantan el ánimo, que te sacan una sonrisa entre las lágrimas, que lloran contigo, que no paras de escuchar “te quiero”, esas llamadas que valen oro. Entonces te das cuentas, que ese no es el camino y que tú no eres así, que tu principal característica es la de sacarle una sonrisa a todo el mundo y que aunque no quieras creerlo eres una personas muy fuerte.


Dejas a un lado todo y a tirones vuelves a sacar la actitud con la que te habías levantado. Ahora sabiendo que no serán las mejores navidades, pero que es 24 de diciembre, que hoy es Nochebuena, que nace Jesús y que eso hay que celebrarlo.


Pasado el mensaje del rey, entra mi padre por la puerta con su mascarilla y la cena acompañada de una vela, y mi madre de fondo cantando feliz navidad. Con mitele en directo puesta en la Tablet porque presenta Lara Álvarez doy inicio a mi cena de Nochebuena, una cena que en la que las videollamadas se hacen su dueña. La ronda de videollamadas se termina jugando entre risas al pasapalabra con mis padres y mi hermana e ignorando que el termómetro marca 38´7. Ahora a las una y media de la mañana ya me he comida las trufas y los mantecados pertinentes, y empieza el momento de reflexionar. Hoy no habrá sido mi día de Nochebuena ideal, pero sí un día en el que me he sentido arropada por mis seres queridos, por las personas que más quiero así que, finalmente no ha sido un día tan malo como apuntaba ser.



Segundo día de confinamiento


Suena la alarma que antes de acostarme puse para las diez, sin embargo, comienzo a ser persona a las once y media. Parece que la fiebre y el dolor de cabeza se han sustituido por tos y dolor de garganta. Pido como desayuno un vaso de leche caliente, a ver si así se me pasa un poco el dolor y me pongo a responder todos esos mensajes preguntando cómo estoy. Rápidamente me hago con una larga lista de soluciones para el dolor de garganta. Anoche la fiebre hacía que no tuviera cuerpo para recoger nada, pero hoy me entran ganas hasta de hacer la cama. Una vez recogido lo poco que podía recoger recibo una videollamada de mi tía, en ella no solo veo y hablo con mis tíos y mi prima, sino con mi hermana y mi abuela. Dos personas que están al otro lado de esa puerta que me aleja del mundo, del exterior.


Mi abuela, una mujer de 87 años que, hablando fríamente y doliendo, empieza a ver las consecuencias del paso de los años. Ella no entiende que tengo covid y que por tanto, me tengo que quedar aislada en mi cuarto. Hoy se ha levantado ronca de estar toda la noche llorando porque no entiende que he hecho para estar encerrada y para ella da igual lo haya hecho, tienen que dejarme salir. No encuentro las palabras para explicarle que estas navidades no podré estar a su lado como siempre, que estas navidades no seré yo quien le ponga los villancicos a todo volumen y la saque a bailar, que no podremos preparar juntas las bandejas de los mantecados, que no podré ayudarle a elegir la ropa para fin de año como ella dice, que no haremos de comer para doce como si fueran veinte, que no seré yo quien ponga con ella la última mesa del año, que no me reñirá porque voy “muy fresca” a la calle y por eso tendrá que dejarme una rebeca para cenar.


He escuchado algunas veces que la conexión entre abuelos y nietos es especial y yo puedo asegurarlo, lo es. Ya lo dijo César Ventura: “los abuelos que cuidan a sus nietos desde pequeños, dejan marcado su alma para toda la vida”. Por eso, no encuentro palabras para explicárselo y solo me remito a que pasen los días e intentar sacarle una sonrisa cada vez que hablo con ella. Verla mal me duele más que cualquier síntoma del covid.


Segundo día de confinamiento y mis padres ya tienen las manos quemadas de la lejía. Te siente mal no solo por eso, sino porque sabes que sus ánimos no son nada navideños. Te pones a pensar y sabes que es algo que le puede pasar a cualquiera, pero también te preguntas ¿por qué a mí? Luego tu fe te salva, “Dios le da las grandes batallas a sus mejores luchadores” y ahí dejas de pensar para no llegar a enfados que no quieres.


Las cinco y media de la tarde y al hambre no le da por asomarse, pero si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma porque algo tendré que comer. La isla de las tentaciones no creo que sea tu mejor aliado de comida, pero también creo que en estas circunstancias todo vale. La isla y mi mejor amiga hacen que mi tarde sea más llevadera, pero cuando me quedo conmigo misma, en el silencio me pongo a pensar.


Me pregunto a mí misma que si estoy bien, pero la respuesta es que no sé cómo estoy. No termino de asentar todo esto en mi mente, pero si lo afronto y desde el humor. A veces me dan mareos (esto de estar encerrada nunca ha sido lo mío), la espalda me duele hasta al mover los ojos y lo que parecía ser un día sin dolor de cabeza no ha resultado ser así. Pero mi respuesta siempre es que estoy bien porque sientes que no puedes dejar que te vean débil, pero no por ti sino por ellos.


Realmente no tengo ganas de hablar con nadie, ni siquiera conmigo misma. Hoy lo único que quiero es que pase el tiempo. Nunca he entendido a esas personas que se encierran en su cuarto y no quieren cuenta con nadie, pero es que ahora las entiendo menos. Supongo que eso irá con tu personalidad y yo ya sabía que con la mía, el confinamiento no era compatible. Aún así, me pongo a responder todos esos mensajes con la mejor de mis sonrisas.


Desgraciadamente esa sonrisa no es infinita. No me da fiebre, pero si destemplanza que unido al dolor de espalda hacen que a pesar de escuchar las risas de Los Sánchez en videollamada, no me apetezca otra cosa que tumbarme en la cama con la luz apagada. En ese momento pasan mil cosas por mi cabeza, pero no se para ninguna. Pasadas unas horas vuelvo a responder los mensajes por última vez, porque después de eso llega el momento de bajón del día.


De nuevo sentada en la cama con la espalda en la pared y las manos en la cabeza, de nuevo empiezo a secarme las lágrimas, y la única palabra que sale de mi boca es joder. Tengo que dar la razón a que cuando estás encerrada las horas pasan de manera diferente, ahora comer a las cinco y cenar a las doce parece ser mi nueva rutina.


Escondo este pequeño empezar de agobio por estar encerrada que me está entrando viendo una serie, aunque pensándolo no sé yo si ver una sobre presas de la cárcel es la mejor de las ideas, pero por otro lado veo que vamos en sintonía solo que yo no he matado, ni robado, ni atracado ningún banco, sino que la suerte no suele ser mi compañera de vida.


Con esto, cerca de las tres de la mañana, termina mi segundo día de confinamiento, un segundo día marcado por el dolor de espalda y una herida más fruto de otro arrebato agresivo.



Tercer día de confinamiento


Hoy a pesar de no poner alarma, me he levantado de mal humor. La espalda me duele a cada movimiento que hago y eso me agobia mucho. Ya no solo no puedo moverme por donde quiera, ahora sencillamente no puedo moverme. Así que, me veo obligada a dar la razón a otro dicho popular, las desgracias nunca vienen solas.


La falta de hambre y el hecho de haberme levantado de la cama a las una del mediodía han llevado a que haya decidido no desayunar hoy, quizás así consiga comer a una hora normal. Todo y todos me cae mal, nada me hace ilusión y lo único que tengo son ganas de llorar. No quiero estar así pero tampoco sé que hacer para no estarlo.


Decido escucharme a mí misma y ahí es cuando me digo: llora y date un momento para ti misma, desahógate y vuelve a empezar. Y así lo hago, una pausa siempre viene bien para poder seguir con fuerzas.


De nuevo socializo con el único medio que tengo, el móvil. Y tras haber llorado todo lo necesario decido tener un día productivo. Ni una de mis comidas favoritas, las patatas rancheras, hace que me entre hambre. Después de comer lo mínimo no dejo momento para la reflexión y me pongo a trabajar, el reportaje no se va a hacer solo.


Dedico toda la tarde a ello, y cansada de estar de la silla a la cama y de la cama a la silla decido plantarle cara al dolor de espalda y moverme un poco, no sin antes ver otro episodio de la serie que tengo entre manos. Esta decisión es todo un reto, no hay espacio. Mi cuarto da al patio, pero está lloviendo y lo que hace falta es que me moje para aumentar la lista de dolores. Sin embargo, no es obstáculo. Me pongo a correr en el sitio y hacer unos pocos de abdominales no sé si para intentar domar este dolor de espalda o hacer lo poco que él me deje.


El poco deporte y la ducha de después me han venido genial para encarar la cena con otra actitud, porque al final de todo hoy sí he aprendido algo. La palabra paciencia no significa esperar, sino saber esperar y aprender de esa espera. No es sentarte a ver pasar el tiempo, es hacer de ese tiempo un recuerdo de tu vida. Es cierto que el tiempo pasa y que no podemos volver atrás, ni recuperarlo, no es una película que podamos rebobinar. Tenemos que aprender que no siempre nos tocará vivir con las circunstancias que queremos o que consideramos que nos merecemos, pero que es decisión nuestra el cómo las vivimos. Cuando entendamos que no son las circunstancias, sino nuestra manera de ver las cosas lo que crea esos momentos inolvidables, nos daremos cuenta que los contratiempos no son tan malos y que los planes no son tan buenos. Nos daremos cuenta que si las cosas pasan por algo, ese algo eres tú así que si no te gusta levántate y cámbialo.


He sentido como mi chip ha cambiado. Las ganas de llorar se han sustituido por ganas de reírme, me he cansado de las lágrimas de dolor, de pena, de rabia, ahora solo quiero llorar de risa y de alegría. Esa alegría de sentir a tus amigos cerca sin que cuenten todos los kilómetros que nos separan. Una charla profunda y sincera por WhatsApp y una videollamada cargada de risas, me recargan las pilas y hacen que después de unos cuantos episodios de vis a vis me vaya a la cama con el ruido de fondo del camión de la basura a las tres y cuarto de la mañana con una actitud totalmente distinta a cómo me había levantado.



Cuarto día de confinamiento


Hoy me he levantado como si fuera un día normal, un día normal de Navidad. Nada más levantarme he estado hablando por teléfono, he podido ver a mi abuela entre lágrimas en la otra punta del pasillo cuando he ido al servicio, y he quedado mañana por videollamada con mis amigos.



Viendo a mi abuela | Fuente: Noelia Martín



El dolor de espalda no ha seguido el camino de mi mal humor y se ha ido, pero si está un poco más ausente. De nuevo he recogido y me he puesto manos a la obra con el reportaje porque hoy sí o sí, lo termino.


Con las ganas de charlar y reírme con las que me he levantado, antes de la comida, no me ha cundido mucho la mañana. Sin embargo, después de almorzar he terminado el reportaje a la espera de que me confirmen unos datos para poder darlo con finalizado. Aún me queda tarde y hoy estoy feliz, estoy llena de energía, llena de ganas de pasármelo bien. He hecho tiktoks que he pasado por los grupos para sacarles una sonrisa a las personas que más quiero, y he probado sombras nuevas para mi vuelta a la realidad.


No hay nada mejor en el mundo que sentirse bien con uno/a mismo/a. Es mágico cuando sientes orgullo de ser la persona en la que te has convertido, a pesar de todas esas cosas por las que hayas tenido que pasar. Hoy me he dado cuenta de cual es mi gran característica a favor, esa característica que me ayudará a superar cualquier cosa: el humor. Hay muchas clases de humor, pero sinceramente, ninguno es más honesto y beneficioso que el humor hacia uno/a mismo/a. Reírte de tus debilidades y de tus defectos, te hace tan fuerte y tan superior a todo eso de lo que te estás riendo, que hace que no haya nada que te pare. Esta tarde me he sentido feliz, y es que tenemos que aceptar que la felicidad no nos la va a traer nadie, la tenemos que buscar nosotros, porque si de verdad nuestra felicidad depende de cualquier otra persona, sea quien sea, estamos realmente “jodidos”.


Vuelvo a verme las caras con el personaje estrella del confinamiento, Patri Jordan. Los estiramientos de espalda me hacen un poco más llevadero el dolor, y me ayudan a mantener la esperanza de que mañana ya no me dolerá.


Cerca de las diez de la noche, pocas cosas me quedan por hacer en este día. Es un día que no se me ha pasado rápido, pero tampoco lento. Creo que estoy empezando a ser consciente de que empiezo el año entre estas cuatro paredes y con el pequeño detalle de que lo hago sola. En mi vida me hubiera imaginado esto, aunque si nos ponemos así, en mi vida me hubiera creído estos dos últimos años. Yo no sé si este virus es natural o es creado, solo sé que para los que no nos ha llegado de manera letal, es un virus más psicológico que físico. 


Los seres humanos necesitamos de otros para desarrollarnos, crecer, comunicarnos, … somos animales que necesitamos contacto, interacción, amor… Este virus nos quita todo eso, este virus te encierra durante un mínimo de diez días, te hace sentir miedo y culpabilidad por el hecho de haber podido contagiar a alguien de tu alrededor, te hace dudar de las personas porque no sabes quien te lo puede pegar, te hace taparte media cara impidiendo que muchos nos reconozcamos en la calle, te hace cambiar planes, cambiar hábitos. Pero me quedo con la esperanza de la tecnología, y me refiero a ella como esperanza porque es la que hace que pueda sentir cerca a mi familia, a mis amigos, a todas esas personas a las que les importo y quieren estar a mi lado en los malos momentos.


Aparte de cenar y seguir viendo mi serie, no pinta de que el día me vaya a deparar mucho más. Así que hoy quiero terminar con una pregunta: ¿qué clase de virus es este? ¿Vamos a dejar que nos gane?



Quinto día de confinamiento


Hoy aunque había puesto la alarma, me he levantado con el sonido de una llamada. Sinceramente, da gusta ver cómo la gente que te quiere, te hace verlo y sentirlo así. Justo en la mitad de los días de confinamiento he podido desayunar. Como cada mañana me he levantado y he recogido.


Hoy el mal humor ha vuelto a asomar, pero yo ya he aprendido la lección. Como se ha levantado buen día, he salido al patio. No era consciente de lo que necesitaba ver el cielo azul, ni que el viento goleara mi cara. Siempre he sido una persona a la que la calle, un bar y la gente le ha parecido el mejor de los planes, por eso para mí y después de un confinamiento como el que tuvimos, esto está siendo toda una batalla.


Con los auriculares inalámbricos, las letras de Nathy Peluso, y dando vueltas por el patio, he conseguido domar ese mal humor sabiendo que no es fruto más que de el agobio por estar aquí encerrada. No es una excepción de hoy, porque todos los días me he levantado con ganas de poder salir ya, pero si las siento con más intensidad. No se me han pasado lentos estos cinco días, pero igualmente estoy deseando de que acaben.


Luego he podido a ver a mi familia desde la ventana del patio, con mascarilla y distancia. No dejo de imaginarme el momento en el que pueda salir por la puerta sin mascarilla y poder estar normal por mi casa, con mi gente.  Pero lo que más pena a la vez que rabia me da es estar viendo pasar estas fechas tan señaladas para mí, lejos de lo que lleva siendo toda mi vida.


Pero la llamada de mi prima salva a esas lágrimas que estaban a punto de caer y hace que vuelvan las risas de nuevo a estas cuatro paredes. Y con esta actitud me voy a comer viendo un nuevo episodio de vis a vis. Esta vez no he tenido que pensar qué es lo que iba a hacer después porque ya lo tenía pensado, videollamada.


Entre risas, cotilleos y planes paso la mayor parte de la tarde, y eso que habíamos quedado para hacer un trabajo. Cargada de energía cerramos la reunión para seguir mañana, y me vuelvo a salir al patio a andar un poco. Luego hago los estiramientos porque está empezando a dolerme otra vez la espalda.


Quinto día de confinamiento desde el primer test que di positivo, y todavía no me han llamado del ambulatorio. Pero no me extraña, no dan abasto. Desde esta noche mi pueblo entra en el nivel dos de alerta, pero sin ninguna restricción. Tenía comprada la entrada para la fiesta de Nochevieja, así que he preguntado a ver si me podían dar alguna solución y la única que me han ofrecido es que me busque la vida por mi propia cuenta para venderla sin poder moverme de mi habitación, porque el evento no se ha cancelado y ellos no pueden hacer nada. A esto, mi pregunta es: no se cancela un evento que podrá ser todo lo limitado que quieras, pero es sin mascarillas y en un lugar cerrado, y las actividades de los niños para los Reyes Magos que es al aire libre y con nuestras mascarillas puestas, si, ¿por qué? Primero pienso que es una pregunta sin respuesta, una pregunta retórica, luego me doy cuenta de que sí la tiene. Del primer evento se saca dinero, del segundo se pierde.


Mientras me ducho me pongo a pensar porque no sé hasta donde llegará la avaricia del ser humano, al igual que tampoco sé en qué momento el dinero pasó a ser el firme protagonista de nuestras vidas o a estar por encima de cualquier vida humana. Realmente, da miedo ver lo que algunas personas son capaces de hacer por el señor dinero.


Pero no es momento de pensar en eso, ¡hoy tengo croquetas para cenar! Y no hay mejoras croquetas que las echas por una madre con la ayuda de una abuela. Pero es que no hay mejor plan de confinamiento que first dates y croquetas. Luego, como cada 28 de diciembre no me puedo acostar sin haber visto la gala inocente inocente, porque es una tradición de Navidad en mi casa, porque es fascinante ver como hay gente que disfruta ayudando a los demás, porque te toca por dentro ver todas esas historias de superación, ver su manera de ver el mundo y encarar la vida, y escuchar a esos pequeños luchadores de los que tanto tenemos que aprender.



Sexto día de confinamiento


Pasando el ecuador del confinamiento quiero pensar que la cuenta atrás será más amena. En todos estos días no he querido hacer ninguna rutina, no me gustan, prefiero las cosas improvisadas y las decisiones de última hora. No soy fan de los días que pasan sin más, quizás por eso peco a veces de intensa, pero a mí me gusta mi intensidad. Solo voy a vivir una vida, esta, y tengo claro lo que quiero hacer de ella.


A las doce y media por fin me han llamado los rastreadores, me ha hecho unas cuantas preguntas y tengo que rellenar unos documentos que me mandaran al correo a lo largo del día. Tengo que rellenar los datos de las personas con las que he tenido contacto más de quince minutos sin mascarilla a partir del día 20 de diciembre.


Después de la llamada, recojo y me siento en el escritorio a empezar con otro reportaje. Sin adelantarlo mucho lo dejo para comer y me preparo a encarar la tarde con una alegría, aunque se vaya ir muy rápido.



Mi padre trayéndome la comida | Fuente: Noelia Martín



La reunión para seguir con el trabajo de ayer vuelve a convertirse en un momento para coger fuerzas. Cuando estás con las personas adecuadas lo sientes y disfrutas cada momento que pasas al lado de esas personas, y yo me siento muy afortunada. Me siento rodeada de personas que me quieren, que me quieren bien y que me quieren de verdad.


En el transcurrir de la tarde los medios se llenan de una nueva noticia: se reducen a siete los días de confinamiento. Los gritos se apoderan de la reunión, si son siete días y yo llevo seis, podré comer con mi familia en nochevieja. Pero como he adelantado esta alegría dura poco, después de la reunión nos enteramos de que es solo en aquellos casos asintomáticos y detectados a partir del día de hoy. No voy a engañar, me había hecho ilusiones, pero una vez más la vida me las ha quitado de golpe.


Pienso que no es momento para venirme abajo, pero tampoco soy de piedra. Aun así, sigo intentando pensar en lo positivo: para el día de los Reyes estoy fuera. Relleno el documento que me han mandado los rastreadores con mis contactos y me pongo a esperar la cena mientras escucho música. La cena me ayuda a levantar los ánimos y el terminar la serie que estaba viendo también, aunque siempre te quedas con ese sentimiento de ¿y ahora qué?


Me pongo a buscar otra serie, pero me vuelven las ganas de llorar sin saber por qué. En estos seis días he aprendido a que no hay que ocultar ninguna emoción, así que, me desahogo y me voy a dormir.



Séptimo día de confinamiento


Hoy no me he levantado bien, el agobio está abriéndose camino y hoy no encuentro la forma ni tengo el ánimo de cerrárselo. Me he despertado y no tenía ganas de levantarme de la cama, de hecho, no lo he hecho hasta el momento de comer. Lo único que he hecho esta mañana es mirar el techo e intentar dejar la mente en blanco.


No tengo ganas de nada, solo de llorar. Me siento agobiada, pero creo que la mejor palabra es abatida. Sé que no estoy sola, que tengo mucha gente que me apoya y se preocupa por mí, sé que yo puedo, que soy más fuerte, pero hoy el virus está ganando. Hoy me está ganando psicológicamente.


Hay mucha gente que piensa que ser fuerte es poder con todo, estar por encima de todo, no venirse nunca abajo y en parte, yo antes pensaba así. En estos días, cuando hablas y te escuchas a ti misma, cuando reflexionas, te das cuenta que hay cosas en las que estabas equivocada. Ser fuerte es aceptar las cosas como te vienen, es aceptarlo y decirlo abiertamente sin ningún tipo de complejo, que si tienes que hablar con alguien entre lágrimas que lo hagas, que si no estás bien que lo digas. Al fin y al cabo, los que más fuertes se muestran son los más débiles a la hora de la verdad. No por mostrar mis sentimientos, no por llorar, no por desahogarme soy débil, el que es débil es aquel que hay algo que le impide seguir adelante, aquel al que algo le duele, aquel que se calla lo que siente porque lo ve pero no es capaz de afrontarlo. De nada sirve ser fuerte para el resto del mundo, cuando no lo eres para ti.


Mientras comía me he puesto la isla de las tentaciones y luego me he tumbado en la cama para terminar el capítulo. Cuando ha terminado me he puesto a ver las historias de Instagram y he empezado a ver todos esos videos de despedida del 2021 de la gente. Nunca he sido partidaria de ponerse en el día de hoy nostálgica recordando todos los recuerdos del año, siempre he sido más en fijar la mirada en el futuro y pensar en todas las aventuras que me esperan en esos nuevos 365 días.


Pero hoy, si lo he hecho. Este año siento que he aprendido un montón de cosas y que he crecido mucho como persona. Así que, he escrito un pequeño texto para mis mejores amigos de Instagram. El quedarme a gusto expresando mis sentimientos y las dos videollamadas que han llenado mi tarde, una con mi familia de sangre y otra con mi familia de corazón, han hecho que aunque hoy no tenga ganas de comerme el mundo, sí haya reído y por tanto haya merecido la pena este día.


Espero la cena con una energía diferente a como había esperado la comida, y con eso me quedo. Esta noche no ceno sola, justo cuando mi padre me ha traído la comida recibo un mensaje: ¿has cenado ya? La cena con mi mejor amiga se alarga hasta las doce, como si hubiéramos quedado a cenar como siempre. Luego como ya he terminado la serie me he puesto a ver una película y ahora me voy a dormir, que mañana es el último día del año y hay que aprovecharlo, aunque no pueda salir de estas cuatro paredes.



Octavo día de confinamiento


Día ocho de confinamiento y último día del año, así que me he levantado con energía. He intentado hacer una mañana normal de fin de año. Me he levantado cuando mi familia ha vuelto del médico para hacerse la PCR, me he puesto a recoger y luego me he duchado pidiéndole a mi hermana que me dejara en el cuarto baño un pijama “molón”. Ella sabía a cuál me refería, el pijama enterizo del unicornio.


Para que fuera un día como otros años, ahora tocaría limpiarme la cara y echarme mis mascarillas, pero eso lo dejaré para el día de antes de Reyes. Luego me he pintado las uñas un año más de rojo con brillo escuchando de fondo a Mónica Naranjo. Como la reflexión ya la hice ayer, hoy solo me queda ver películas de Navidad, algo que no suelo hacer en este día, pero tampoco se me ocurre otra cosa para entretenerme hoy.


Después de la película, como era de esperar, la tarde está siendo un altibajo de emociones. La última tarde de 2021 no está siendo como me la esperaba, aquí sola en mi cuarto intento esquivar mis pensamientos, pero no me está saliendo bien del todo. Los auriculares con la música que me gusta me evaden por unos minutos, pero luego vuelven las lágrimas una vez más.


Comerte las uvas sola no entra dentro de la lista de deseos para finalizar el año. Una vez más no quieres estar mal y menos en un día tan señalado como hoy, pero los recuerdos de otros años me invaden y lo que me duele no son los recuerdos, lo que me duele es no poder estar con las personas que aparecen en esos recuerdos. Y ahí te das cuenta de que lo que hace especial tu vida no son los recuerdos, sino los contenidos, las personas que hacen de esos momentos de tu vida dignos de recordar.


Si hay algo típico en un fin de año es beber. Así que, me pongo a ello y entre medias recibo la llamada de mi mejor amiga. La última tarde del año a su lado no me la imaginaba así, pero con ella cualquier momento merece la pena.


Entre llamada y llamada de mi familia siento que me faltan esos nervios, esa adrenalina de sentir que se está acabando el año y tener que comer ya para estar a tiempo a las uvas. Me considero una engancha a esa adrenalina y no sentirla me parte en dos, por un lado, quiero sentirla y por otro lado, no me apetece. De nuevo, confusión en mi cabeza.


Aunque esté sola, decido arreglarme para así intentar levantar la fiesta. Base, sombra, rímel, colorete, … con las últimas noticias de fondo parece que me levantan un poco al ánimo. Es inevitable que empezar el año en estas circunstancias me de pena.


Mi padre me trae la cena y con Antena 3 en directo me pongo a ello. No voy a negar que durante la cena no se me haya escapado alguna que otra lágrima. Hago una videollamada a mi familia y están cenando también, sin embargo, el silencio es el protagonista de esta noche. Una noche en la que los gritos, las risas, los chistes, las anécdotas, … han sido siempre la gran anfitriona de esta cena.




Mi cena de Nochevieja | Fuente: Noelia Martín




Tras tomarme el postre escucho la voz de mi padre desde el otro lado de la puerta: asómate a la ventana del patio. Y ahí estaban mis primos, con sus latas de uvas esperando a que sean las doce para tomarse las uvas conmigo, aunque sea en la distancia. Mis padres, mi hermana y mi abuela en videollamada, mis primos debajo de la ventana y yo en pijama con mis doce conguitos, metiendo voces porque desde abajo no de enteraban de las campanas. Así he empezado yo mi 2022, un año que no sé qué me deparará, pero sí sé que espero que sea un año grande.


Este año no he podido terminar de tragar la bola de conguitos entre risas para ponerme a abrazar a toda mi familia y desearle un feliz año uno por uno, me ha costado aguantar la lágrima cuando he visto a todo el mundo abrazarse y yo no poder, este año no he podido brindar escuchando el choque de las copas, sino mi copa con la pantalla del móvil, este año a la media hora de empezar ya había echado la primera llorada, este año no he podido darlo todo con mis primas en el karaoke, ni me he terminado de arreglar para irme con mis amigas a empezar el año de la mejor manera, al lado de todas ellas. Aun así, este va a ser un año único, voy a cumplir uno de los mayores sueños de mi vida, y estoy segura de que este va a ser un gran año. ¡FELIZ AÑO NUEVO!



Noveno día de confinamiento


Penúltimo día encerrada y primer día del año. Ha resultado ser que los últimos días son peores que los primeros, aunque también hay que fijarse en que las fechas no ayudan. Me he levantado a las doce, pero he estado hasta cerca de las tres de la tarde en la cama. Después de recoger un poco, me he puesto a esperar la comida, porque estoy sentada en la silla del escritorio sin saber qué hacer.


Mientras como me pongo una película que termino tumbada en la cama. El ánimo no acompaña para hacer cualquier otra cosa. Mi hermana viene a tocarme con el piano la nueva partitura que se ha aprendido desde el otro lado de la puerta: bella ciao. Después de eso decido empezar el año bien y hacer un poco de ejercicio, para sorpresa mía me levanta el ánimo.


Una videollamada de mi tía y escuchar música con los auriculares mientras mi mente está rodeada de mis amigas bailando entre risas es mi entretenimiento hasta la hora de la cena. Hoy no he hecho prácticamente casi nada y lo único en lo que he pensado es en las ganas que tengo de que llegue el lunes para poder salir de la habitación. Y aquí es donde recuerdo otro dicho: no valoramos las cosas hasta que nos faltan.


 Estaría bien y quedaría mejor decir que tenemos que aprender a valorar a las cosas y a las personas cuando las tenemos a nuestro lado, cuando es el momento, pero tampoco nos vamos a engañar, por mucho que valoremos antes, nunca llegará a ser igual que cuando no lo tenemos. Yo si considero que valoramos las cosas y a las personas, el problema es que cuando las tenemos nunca imaginamos que las perdemos, nunca ponemos fin a los comienzos que queremos y con los que mejor nos sentimos.


Muchos dicen que todo comienzo tiene un final, pero yo no estoy de acuerdo. Las relaciones de familia no tienen por qué tener fin, las amistades no tienen por qué fin, los/as novios/as no tienen por qué tener fin. Cualquier relación que se cuide, que ambas partes pongan su granito de arena, cualquier relación que realmente se quiere que sea para siempre, lo es, solo que nadie ha dicho que sea fácil y a mucha gente lo complicado no le gusta. Ese es el gran problema de esta sociedad, estamos acostumbrados a las cosas sencillas, y no luchar por nadie más que nosotros mismos.


Después de la cena viendo Disney +, me tumbo en la cama con el móvil esperando a que me llegue el sueño e iniciar lo que será mi último día de confinamiento.



Décimo día de confinamiento


Llegó el último día de confinamiento y con él la alegría. Hoy tampoco me he levantado temprano, pero sí me he levantado con ánimo. Mientras comía he estado viendo el fútbol y puede que luego vuelva a repetir el mismo plan.


Hoy va a entrar mi hermana a mi cuarto para hacerme un test y no veo el momento de verla aparecer por esa puerta, pero ha ido con mi padre al campo. Mientras espero quiero pensar en todas las emociones por las que he pasado en estos diez días. Es sorprendente como en todo momento me he sentido acompañada y nunca he sentido ese sentimiento de soledad a pesar de estar sola físicamente.


Han sido unos días en los que he aprendido a convivir conmigo misma, en los que me he parado a escucharme realmente y a conocerme un poco más. Me he dado cuenta de quiénes son esas personas que cuando me decían para lo bueno y lo malo era de verdad, esas personas a las que no quiero perder nunca.


También he aprovechado para reflexionar sobre cosas que normalmente no me pararía a pensar, y me he dado cuenta de cosas que tampoco me hubiera dado en unas circunstancias normales.


Me siento de orgullosa haber sabido aprovechar este tiempo para seguir creciendo como persona, y darme cuenta de que la soledad no te lleva a ningún lado. He sido consciente de esa necesidad del otro que tanto nos repiten pero que nunca llegas a creer, de esa necesidad de contacto, apego, cariño, … de esa necesidad de relacionarnos para ser felices.


Me he dado cuenta de que la distancia no es ninguna excusa, que si realmente se quiere no hay ningún problema. Haciendo una comparación un tanto extrema, muchos piensan que la cárcel cambia, pero nada de eso. El estar encerrado/a te hace pensar, reflexionar las cosas, algo que la rapidez con la que vivimos en este tiempo nos impide.


Este virus es realmente un virus en contra del ser humano. Llegó y nos separó, nos encerró y paró el mundo. Se ha llevado por delante a muchos de nosotros y ahora nos está aislando uno a uno. Ha cambiado nuestra manera de salir a la calle, nuestra manera de juntarnos, nuestra manera de celebrar las cosas, … y vuelvo a repetir, este es un virus más psicológico que físico.


Pero hay que mirarle a los ojos con la fuerza y la unión de todos, porque solo hay una salida ante esta pandemia. Esa salida no consiste en otra cosa que remar todos para el mismo lado y lo más importante, de la misma manera. Mientras siga habiendo inconscientes, antivacunas o la frase de “bueno, si al final lo vamos a coger todos”, el virus seguirá cogiendo fuerzas y seguirá parando nuestro mundo y seguirá cambiando nuestras vidas.


Cerca de las ocho de la tarde escucho llegar a mi hermana y meterme voces diciendo: “tata, prepara la nariz”. Pasado el peor momento, el meterse el palito por la nariz, llegan los quince minutos de espera. Esa espera en la que estás buscando cualquier cosa para entretenerte y quince minutos que pasan con toda la lentitud del mundo.


Negativo, las voces y los mensajes de alegría vuelven a mis oídos y a mis ojos. En ese momento me doy cuenta de la paradoja de estamos viviendo, pasamos toda la vida escuchando y queriendo ser positivos, ahora por cada negativo hacemos una fiesta.



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