| Test de farmacia positivo | Fuente: ABC |
Hay dos manera y dos posturas de ver la navidad: como un
regalo o como una desgracia, con positividad o con negatividad. Soy la típica
persona que empieza con los villancicos a mediados de noviembre, y que comienza
a maquinar inventos y planes navideños a principios de diciembre. Sin embargo,
este año me he pasado con la positividad y como todos los excesos, he tenido
mis consecuencias: estar confinada.
Primeros momentos y primer día de confinamiento
Un día de risas en clase, ya se puede oler y sentir el
espíritu navideño. Vuelves de camino a casa hablando por teléfono y enumerando
las cosas que tiene que hacer mañana cuando llegues a tu pueblo. Llegas y te
pones a hacer de comer entre villancicos y mensajes de WhatsApp, pero la
felicidad se para de golpe. Tu compañera de piso ha estado en contacto con un
positivo.
No quieres que cunda el pánico, pero por dentro se te para
todo. La ómicron está haciendo estragos y no hay test en las farmacias, el
centro de salud más cercano está cerrado. A todo esto suma que tu compañera sin
pensárselo dos veces, ni asegurar si es positivo o no, se ha ido a su pueblo.
Te encuentras sola, tú y la incertidumbre. Quieres permanecer fuerte, pero la
lágrima asoma ya en tu ojo y se dispone a acariciar tu mejilla.
A pesar de estar lloviendo a mares, sacas el espíritu guerrero que todos llevamos dentro y con tu paraguas te dispones a recorrer todas las farmacias de Triana en busca de un test de antígenos. Es cierta esa frase que dice: “quien tiene un amigo, tiene un tesoro”, y me siento afortunada de decir que yo tengo varios tesoros, así que esta vez iba acompañada de un familiar con el que no comparto sangre.
Te vuelves al piso sin
éxito ninguno, y el ser una persona agresiva de naturaleza te hace descargar
toda esa tensión, toda esa rabia, toda esa incertidumbre, todo ese miedo, …
contra la pared. Te haces la cena y te vas a la cama con dolor de cabeza, pero
pensando que es por la lluvia porque sufres jaquecas y además estás con la
regla.
Llega la mañana del día siguiente y al dolor de cabeza se
une el dolor de garganta y la tos que achacas a que el día de antes te has
mojado. Igualmente te levantas y te pones a limpiar para dejar de pensar y
luego te pones a comer. El tiempo pasa y aunque tú no estés al 100%
psicológicamente, las cosas las tienes que seguir entregando en su tiempo y te
pones a redactar un reportaje. En esa tarde se despejan las nubes de tu propia
tormenta gracias a todo el esfuerzo de tu familia, que ha movido cielo y tierra
para hacerse con un test de antígenos y te llevan no uno, sino una caja de cinco.
Estás con él en la mano y quieres hacértelo, pero a la vez
tienes miedo. Piensas razonadamente y te pones a contar, “es mejor esperar a
mañana que hacen las 72 horas”. Tu cabeza ya no está para seguir redactando,
pero aún así lo intentas. Vuelves a cenar y de nuevo te vas a la cama. Una vez
en ella decides no poner la alarma, tu cuerpo te pide descansar, te pide dormir
para así dejar de pensar y parar por unas horas ese machaque continuo.
Te levantas con la llamada de tu mejor amiga, que te piensas
coger porque sientes que un camión ha pasado por encima tuya. Hablas un largo
rato con ella, te levantas de la cama y luego hablas con tu madre. Parece que
estás un poco mejor así que comes y te haces la prueba. En ese momento se
acaban todas las preocupaciones, el test sale negativo. Llamas a tu padre y
entre lágrimas de alegría te dice que va a recogerte y que te vuelves para casa
a pasar las navidades en familia.
La fuerte lluvia que cayó el 23 de diciembre hizo que entre
la ida y la vuelta llegáramos a Palma cerca de las una de la mañana. Esa noche
fue complicada porque ví irse todos esos planes de ir a comer con mis amigas,
estar un rato con ellas entre risas recordando momentos inolvidables, ir a ver
a más familiares,… y a pesar de la charla con mi madre, de nuevo la pared se
llevó algún que otro golpe.
Aún así era negativo y tenía en mi casa a los más importante
de mi vida, mi familia. Me levanté con toda la fuerza y alegría del mundo
centrada en hacer de estas navidades las mejores. “Paula me ducho, me vuelves a
hacer la prueba y colgamos las luces alrededor de la tele para esta noche”,
efectivamente me duché y me volví a hacer la prueba, pero no se pegaron las
luces. “Mamá ven”.
Bloqueo, mente en blanco, ¿qué hago? Te repiten una y otra
vez la palabra tranquila, pero rebota en tus oídos sin más, en tu cabeza solo
suenan dos palabras: 24 de diciembre y positivo.
Vuelves al mundo real y la ira es dueña de tu persona, en
ese momento no existe nada en el mundo que pueda entenderte, nada en el mundo
que pueda tranquilizarte. Estás tú con la ómicron, tú y tu enemigo los próximos
diez días como mínimo. Cuando recuperas un poco la cordura, coges el móvil y se
lo cuentas a tus personas más cercanas y por tanto más importantes. En ese momento todo son mensajes de
comprensión, de ánimo, de fuerza, mensajes que se agradecen pero que no
cambian tu ánimo.
Te encierras en tu cuarto y en ese primer momento se te caen
las paredes encima. Una loca por la navidad confinada un 24 de diciembre,
hechas cuentas y ves que empiezas el 2022 confinada. Aunque pensando en
positivo, si lo empiezas así ya todo irá a mejor. Claro que eso en ese primer
instante no lo piensas, te echas a llorar sin quererlo. Tu padre te trae la
comida pero llegan las seis de la tarde y tu estómago sigue cerrado. Entonces
empiezas a tener frío y pides que te traigan un termómetro, “me cago en mi
vida, 38´6”.
Pero en ese momento, cuando más abajo estás empiezan las
llamadas. Esas llamadas que te levantan el ánimo, que te sacan una sonrisa
entre las lágrimas, que lloran contigo, que no paras de escuchar “te quiero”,
esas llamadas que valen oro. Entonces te das cuentas, que ese no es el camino y
que tú no eres así, que tu principal característica es la de sacarle una
sonrisa a todo el mundo y que aunque no quieras creerlo eres una personas muy
fuerte.
Dejas a un lado todo y a tirones vuelves a sacar la actitud
con la que te habías levantado. Ahora sabiendo que no serán las mejores
navidades, pero que es 24 de diciembre, que hoy es Nochebuena, que nace Jesús y
que eso hay que celebrarlo.
Pasado el mensaje del rey, entra mi padre por la puerta con
su mascarilla y la cena acompañada de una vela, y mi madre de fondo cantando
feliz navidad. Con mitele en directo puesta en la Tablet porque presenta Lara
Álvarez doy inicio a mi cena de Nochebuena, una cena que en la que las
videollamadas se hacen su dueña. La ronda de videollamadas se termina jugando
entre risas al pasapalabra con mis padres y mi hermana e ignorando que el
termómetro marca 38´7. Ahora a las una y media de la mañana ya me he comida las
trufas y los mantecados pertinentes, y empieza el momento de reflexionar. Hoy
no habrá sido mi día de Nochebuena ideal, pero sí un día en el que me he
sentido arropada por mis seres queridos, por las personas que más quiero así
que, finalmente no ha sido un día tan malo como apuntaba ser.
Segundo día de confinamiento
Suena la alarma que antes de acostarme puse para las diez,
sin embargo, comienzo a ser persona a las once y media. Parece que la fiebre y
el dolor de cabeza se han sustituido por tos y dolor de garganta. Pido como
desayuno un vaso de leche caliente, a ver si así se me pasa un poco el dolor y
me pongo a responder todos esos mensajes preguntando cómo estoy. Rápidamente me
hago con una larga lista de soluciones para el dolor de garganta. Anoche la
fiebre hacía que no tuviera cuerpo para recoger nada, pero hoy me entran ganas
hasta de hacer la cama. Una vez recogido lo poco que podía recoger recibo una
videollamada de mi tía, en ella no solo veo y hablo con mis tíos y mi prima,
sino con mi hermana y mi abuela. Dos personas que están al otro lado de esa
puerta que me aleja del mundo, del exterior.
Mi abuela, una mujer de 87 años que, hablando fríamente y
doliendo, empieza a ver las consecuencias del paso de los años. Ella no
entiende que tengo covid y que por tanto, me tengo que quedar aislada en mi
cuarto. Hoy se ha levantado ronca de estar toda la noche llorando porque no
entiende que he hecho para estar encerrada y para ella da igual lo haya hecho,
tienen que dejarme salir. No encuentro las palabras para explicarle que estas
navidades no podré estar a su lado como siempre, que estas navidades no seré yo
quien le ponga los villancicos a todo volumen y la saque a bailar, que no
podremos preparar juntas las bandejas de los mantecados, que no podré ayudarle
a elegir la ropa para fin de año como ella dice, que no haremos de comer para doce
como si fueran veinte, que no seré yo quien ponga con ella la última mesa del
año, que no me reñirá porque voy “muy fresca” a la calle y por eso tendrá que
dejarme una rebeca para cenar.
He escuchado algunas veces que la conexión entre abuelos y
nietos es especial y yo puedo asegurarlo, lo es. Ya lo dijo César Ventura: “los
abuelos que cuidan a sus nietos desde pequeños, dejan marcado su alma para toda
la vida”. Por eso, no encuentro palabras para explicárselo y solo me remito a
que pasen los días e intentar sacarle una sonrisa cada vez que hablo con ella.
Verla mal me duele más que cualquier síntoma del covid.
Segundo día de confinamiento y mis padres ya tienen las manos
quemadas de la lejía. Te siente mal no solo por eso, sino porque sabes que sus
ánimos no son nada navideños. Te pones a pensar y sabes que es algo que le
puede pasar a cualquiera, pero también te preguntas ¿por qué a mí? Luego tu fe
te salva, “Dios le da las grandes batallas a sus mejores luchadores” y ahí
dejas de pensar para no llegar a enfados que no quieres.
Las cinco y media de la tarde y al hambre no le da por
asomarse, pero si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma porque
algo tendré que comer. La isla de las tentaciones no creo que sea tu mejor
aliado de comida, pero también creo que en estas circunstancias todo vale. La
isla y mi mejor amiga hacen que mi tarde sea más llevadera, pero cuando me
quedo conmigo misma, en el silencio me pongo a pensar.
Me pregunto a mí misma que si estoy bien, pero la respuesta
es que no sé cómo estoy. No termino de asentar todo esto en mi mente, pero si
lo afronto y desde el humor. A veces me dan mareos (esto de estar encerrada
nunca ha sido lo mío), la espalda me duele hasta al mover los ojos y lo que
parecía ser un día sin dolor de cabeza no ha resultado ser así. Pero mi
respuesta siempre es que estoy bien porque sientes que no puedes dejar que te
vean débil, pero no por ti sino por ellos.
Realmente no tengo ganas de hablar con nadie, ni siquiera
conmigo misma. Hoy lo único que quiero es que pase el tiempo. Nunca he
entendido a esas personas que se encierran en su cuarto y no quieren cuenta con
nadie, pero es que ahora las entiendo menos. Supongo que eso irá con tu
personalidad y yo ya sabía que con la mía, el confinamiento no era compatible.
Aún así, me pongo a responder todos esos mensajes con la mejor de mis sonrisas.
Desgraciadamente esa sonrisa no es infinita. No me da fiebre,
pero si destemplanza que unido al dolor de espalda hacen que a pesar de
escuchar las risas de Los Sánchez en videollamada, no me apetezca otra cosa que
tumbarme en la cama con la luz apagada. En ese momento pasan mil cosas por mi
cabeza, pero no se para ninguna. Pasadas unas horas vuelvo a responder los
mensajes por última vez, porque después de eso llega el momento de bajón del
día.
De nuevo sentada en la cama con la espalda en la pared y las
manos en la cabeza, de nuevo empiezo a secarme las lágrimas, y la única palabra
que sale de mi boca es joder. Tengo que dar la razón a que cuando estás
encerrada las horas pasan de manera diferente, ahora comer a las cinco y cenar
a las doce parece ser mi nueva rutina.
Escondo este pequeño empezar de agobio por estar encerrada
que me está entrando viendo una serie, aunque pensándolo no sé yo si ver una
sobre presas de la cárcel es la mejor de las ideas, pero por otro lado veo que
vamos en sintonía solo que yo no he matado, ni robado, ni atracado ningún banco,
sino que la suerte no suele ser mi compañera de vida.
Con esto, cerca de las tres de la mañana, termina mi segundo
día de confinamiento, un segundo día marcado por el dolor de espalda y una
herida más fruto de otro arrebato agresivo.
Tercer día de confinamiento
Hoy a pesar de no poner alarma, me he levantado de mal
humor. La espalda me duele a cada movimiento que hago y eso me agobia mucho. Ya
no solo no puedo moverme por donde quiera, ahora sencillamente no puedo
moverme. Así que, me veo obligada a dar la razón a otro dicho popular, las
desgracias nunca vienen solas.
La falta de hambre y el hecho de haberme levantado de la
cama a las una del mediodía han llevado a que haya decidido no desayunar hoy,
quizás así consiga comer a una hora normal. Todo y todos me cae mal, nada me
hace ilusión y lo único que tengo son ganas de llorar. No quiero estar así pero
tampoco sé que hacer para no estarlo.
Decido escucharme a mí misma y ahí es cuando me digo: llora
y date un momento para ti misma, desahógate y vuelve a empezar. Y así lo hago,
una pausa siempre viene bien para poder seguir con fuerzas.
De nuevo socializo con el único medio que tengo, el móvil. Y
tras haber llorado todo lo necesario decido tener un día productivo. Ni una de
mis comidas favoritas, las patatas rancheras, hace que me entre hambre. Después
de comer lo mínimo no dejo momento para la reflexión y me pongo a trabajar, el
reportaje no se va a hacer solo.
Dedico toda la tarde a ello, y cansada de estar de la silla
a la cama y de la cama a la silla decido plantarle cara al dolor de espalda y
moverme un poco, no sin antes ver otro episodio de la serie que tengo entre
manos. Esta decisión es todo un reto, no hay espacio. Mi cuarto da al patio,
pero está lloviendo y lo que hace falta es que me moje para aumentar la lista
de dolores. Sin embargo, no es obstáculo. Me pongo a correr en el sitio y hacer
unos pocos de abdominales no sé si para intentar domar este dolor de espalda o
hacer lo poco que él me deje.
El poco deporte y la ducha de después me han venido genial
para encarar la cena con otra actitud, porque al final de todo hoy sí he
aprendido algo. La palabra paciencia no significa esperar, sino saber esperar y
aprender de esa espera. No es sentarte a ver pasar el tiempo, es hacer de ese
tiempo un recuerdo de tu vida. Es cierto que el tiempo pasa y que no podemos
volver atrás, ni recuperarlo, no es una película que podamos rebobinar. Tenemos
que aprender que no siempre nos tocará vivir con las circunstancias que
queremos o que consideramos que nos merecemos, pero que es decisión nuestra el
cómo las vivimos. Cuando entendamos que no son las circunstancias, sino nuestra
manera de ver las cosas lo que crea esos momentos inolvidables, nos daremos
cuenta que los contratiempos no son tan malos y que los planes no son tan
buenos. Nos daremos cuenta que si las cosas pasan por algo, ese algo eres tú
así que si no te gusta levántate y cámbialo.
He sentido como mi chip ha cambiado. Las ganas de llorar se
han sustituido por ganas de reírme, me he cansado de las lágrimas de dolor, de
pena, de rabia, ahora solo quiero llorar de risa y de alegría. Esa alegría de
sentir a tus amigos cerca sin que cuenten todos los kilómetros que nos separan.
Una charla profunda y sincera por WhatsApp y una videollamada cargada de risas,
me recargan las pilas y hacen que después de unos cuantos episodios de vis a
vis me vaya a la cama con el ruido de fondo del camión de la basura a las tres
y cuarto de la mañana con una actitud totalmente distinta a cómo me había
levantado.
Cuarto día de confinamiento
Hoy me he levantado como si fuera un día normal, un día normal
de Navidad. Nada más levantarme he estado hablando por teléfono, he podido ver
a mi abuela entre lágrimas en la otra punta del pasillo cuando he ido al
servicio, y he quedado mañana por videollamada con mis amigos.
| Viendo a mi abuela | Fuente: Noelia Martín |
El dolor de espalda no ha seguido el camino de mi mal humor
y se ha ido, pero si está un poco más ausente. De nuevo he recogido y me he
puesto manos a la obra con el reportaje porque hoy sí o sí, lo termino.
Con las ganas de charlar y reírme con las que me he levantado,
antes de la comida, no me ha cundido mucho la mañana. Sin embargo, después de almorzar
he terminado el reportaje a la espera de que me confirmen unos datos para poder
darlo con finalizado. Aún me queda tarde y hoy estoy feliz, estoy llena de
energía, llena de ganas de pasármelo bien. He hecho tiktoks que he pasado por los
grupos para sacarles una sonrisa a las personas que más quiero, y he probado sombras
nuevas para mi vuelta a la realidad.
No hay nada mejor en el mundo que sentirse bien con uno/a mismo/a.
Es mágico cuando sientes orgullo de ser la persona en la que te has convertido,
a pesar de todas esas cosas por las que hayas tenido que pasar. Hoy me he dado
cuenta de cual es mi gran característica a favor, esa característica que me
ayudará a superar cualquier cosa: el humor. Hay muchas clases de humor, pero
sinceramente, ninguno es más honesto y beneficioso que el humor hacia uno/a mismo/a.
Reírte de tus debilidades y de tus defectos, te hace tan fuerte y tan superior a
todo eso de lo que te estás riendo, que hace que no haya nada que te pare. Esta
tarde me he sentido feliz, y es que tenemos que aceptar que la felicidad no nos
la va a traer nadie, la tenemos que buscar nosotros, porque si de verdad
nuestra felicidad depende de cualquier otra persona, sea quien sea, estamos
realmente “jodidos”.
Vuelvo a verme las caras con el personaje estrella del confinamiento,
Patri Jordan. Los estiramientos de espalda me hacen un poco más llevadero el dolor,
y me ayudan a mantener la esperanza de que mañana ya no me dolerá.
Cerca de las diez de la noche, pocas cosas me quedan por hacer en este día. Es un día que no se me ha pasado rápido, pero tampoco lento. Creo que estoy empezando a ser consciente de que empiezo el año entre estas cuatro paredes y con el pequeño detalle de que lo hago sola. En mi vida me hubiera imaginado esto, aunque si nos ponemos así, en mi vida me hubiera creído estos dos últimos años. Yo no sé si este virus es natural o es creado, solo sé que para los que no nos ha llegado de manera letal, es un virus más psicológico que físico.
Los seres humanos necesitamos de otros para desarrollarnos, crecer, comunicarnos,
… somos animales que necesitamos contacto, interacción, amor… Este virus nos
quita todo eso, este virus te encierra durante un mínimo de diez días, te hace
sentir miedo y culpabilidad por el hecho de haber podido contagiar a alguien de
tu alrededor, te hace dudar de las personas porque no sabes quien te lo puede pegar,
te hace taparte media cara impidiendo que muchos nos reconozcamos en la calle,
te hace cambiar planes, cambiar hábitos. Pero me quedo con la esperanza de la
tecnología, y me refiero a ella como esperanza porque es la que hace que pueda
sentir cerca a mi familia, a mis amigos, a todas esas personas a las que les
importo y quieren estar a mi lado en los malos momentos.
Aparte de cenar y seguir viendo mi serie, no pinta de que el
día me vaya a deparar mucho más. Así que hoy quiero terminar con una pregunta:
¿qué clase de virus es este? ¿Vamos a dejar que nos gane?
Quinto día de confinamiento
Hoy aunque había puesto la alarma, me he levantado con el
sonido de una llamada. Sinceramente, da gusta ver cómo la gente que te quiere, te
hace verlo y sentirlo así. Justo en la mitad de los días de confinamiento he
podido desayunar. Como cada mañana me he levantado y he recogido.
Hoy el mal humor ha vuelto a asomar, pero yo ya he aprendido
la lección. Como se ha levantado buen día, he salido al patio. No era
consciente de lo que necesitaba ver el cielo azul, ni que el viento goleara mi
cara. Siempre he sido una persona a la que la calle, un bar y la gente le ha
parecido el mejor de los planes, por eso para mí y después de un confinamiento
como el que tuvimos, esto está siendo toda una batalla.
Con los auriculares inalámbricos, las letras de Nathy Peluso,
y dando vueltas por el patio, he conseguido domar ese mal humor sabiendo que no
es fruto más que de el agobio por estar aquí encerrada. No es una excepción de hoy,
porque todos los días me he levantado con ganas de poder salir ya, pero si las
siento con más intensidad. No se me han pasado lentos estos cinco días, pero
igualmente estoy deseando de que acaben.
Luego he podido a ver a mi familia desde la ventana del
patio, con mascarilla y distancia. No dejo de imaginarme el momento en el que pueda
salir por la puerta sin mascarilla y poder estar normal por mi casa, con mi
gente. Pero lo que más pena a la vez que
rabia me da es estar viendo pasar estas fechas tan señaladas para mí, lejos de
lo que lleva siendo toda mi vida.
Pero la llamada de mi prima salva a esas lágrimas que
estaban a punto de caer y hace que vuelvan las risas de nuevo a estas cuatro
paredes. Y con esta actitud me voy a comer viendo un nuevo episodio de vis a
vis. Esta vez no he tenido que pensar qué es lo que iba a hacer después porque
ya lo tenía pensado, videollamada.
Entre risas, cotilleos y planes paso la mayor parte de la
tarde, y eso que habíamos quedado para hacer un trabajo. Cargada de energía
cerramos la reunión para seguir mañana, y me vuelvo a salir al patio a andar un
poco. Luego hago los estiramientos porque está empezando a dolerme otra vez la
espalda.
Quinto día de confinamiento desde el primer test que di
positivo, y todavía no me han llamado del ambulatorio. Pero no me extraña, no
dan abasto. Desde esta noche mi pueblo entra en el nivel dos de alerta, pero
sin ninguna restricción. Tenía comprada la entrada para la fiesta de Nochevieja,
así que he preguntado a ver si me podían dar alguna solución y la única que me
han ofrecido es que me busque la vida por mi propia cuenta para venderla sin poder
moverme de mi habitación, porque el evento no se ha cancelado y ellos no pueden
hacer nada. A esto, mi pregunta es: no se cancela un evento que podrá ser todo
lo limitado que quieras, pero es sin mascarillas y en un lugar cerrado, y las
actividades de los niños para los Reyes Magos que es al aire libre y con
nuestras mascarillas puestas, si, ¿por qué? Primero pienso que es una pregunta
sin respuesta, una pregunta retórica, luego me doy cuenta de que sí la tiene.
Del primer evento se saca dinero, del segundo se pierde.
Mientras me ducho me pongo a pensar porque no sé hasta donde
llegará la avaricia del ser humano, al igual que tampoco sé en qué momento el
dinero pasó a ser el firme protagonista de nuestras vidas o a estar por encima
de cualquier vida humana. Realmente, da miedo ver lo que algunas personas son
capaces de hacer por el señor dinero.
Pero no es momento de pensar en eso, ¡hoy tengo croquetas
para cenar! Y no hay mejoras croquetas que las echas por una madre con la ayuda
de una abuela. Pero es que no hay mejor plan de confinamiento que first dates y
croquetas. Luego, como cada 28 de diciembre no me puedo acostar sin haber visto
la gala inocente inocente, porque es una tradición de Navidad en mi casa,
porque es fascinante ver como hay gente que disfruta ayudando a los demás,
porque te toca por dentro ver todas esas historias de superación, ver su manera
de ver el mundo y encarar la vida, y escuchar a esos pequeños luchadores de los
que tanto tenemos que aprender.
Sexto día de confinamiento
Pasando el ecuador del confinamiento quiero pensar que la cuenta
atrás será más amena. En todos estos días no he querido hacer ninguna rutina,
no me gustan, prefiero las cosas improvisadas y las decisiones de última hora.
No soy fan de los días que pasan sin más, quizás por eso peco a veces de
intensa, pero a mí me gusta mi intensidad. Solo voy a vivir una vida, esta, y
tengo claro lo que quiero hacer de ella.
A las doce y media por fin me han llamado los rastreadores, me
ha hecho unas cuantas preguntas y tengo que rellenar unos documentos que me
mandaran al correo a lo largo del día. Tengo que rellenar los datos de las
personas con las que he tenido contacto más de quince minutos sin mascarilla a
partir del día 20 de diciembre.
Después de la llamada, recojo y me siento en el escritorio a
empezar con otro reportaje. Sin adelantarlo mucho lo dejo para comer y me
preparo a encarar la tarde con una alegría, aunque se vaya ir muy rápido.
| Mi padre trayéndome la comida | Fuente: Noelia Martín |
La reunión para seguir con el trabajo de ayer vuelve a
convertirse en un momento para coger fuerzas. Cuando estás con las personas
adecuadas lo sientes y disfrutas cada momento que pasas al lado de esas personas,
y yo me siento muy afortunada. Me siento rodeada de personas que me quieren,
que me quieren bien y que me quieren de verdad.
En el transcurrir de la tarde los medios se llenan de una
nueva noticia: se reducen a siete los días de confinamiento. Los gritos se
apoderan de la reunión, si son siete días y yo llevo seis, podré comer con mi
familia en nochevieja. Pero como he adelantado esta alegría dura poco, después
de la reunión nos enteramos de que es solo en aquellos casos asintomáticos y
detectados a partir del día de hoy. No voy a engañar, me había hecho ilusiones,
pero una vez más la vida me las ha quitado de golpe.
Pienso que no es momento para venirme abajo, pero tampoco
soy de piedra. Aun así, sigo intentando pensar en lo positivo: para el día de
los Reyes estoy fuera. Relleno el documento que me han mandado los rastreadores
con mis contactos y me pongo a esperar la cena mientras escucho música. La cena
me ayuda a levantar los ánimos y el terminar la serie que estaba viendo
también, aunque siempre te quedas con ese sentimiento de ¿y ahora qué?
Me pongo a buscar otra serie, pero me vuelven las ganas de
llorar sin saber por qué. En estos seis días he aprendido a que no hay que
ocultar ninguna emoción, así que, me desahogo y me voy a dormir.
Séptimo día de confinamiento
Hoy no me he levantado bien, el agobio está abriéndose camino
y hoy no encuentro la forma ni tengo el ánimo de cerrárselo. Me he despertado y
no tenía ganas de levantarme de la cama, de hecho, no lo he hecho hasta el
momento de comer. Lo único que he hecho esta mañana es mirar el techo e
intentar dejar la mente en blanco.
No tengo ganas de nada, solo de llorar. Me siento agobiada, pero
creo que la mejor palabra es abatida. Sé que no estoy sola, que tengo mucha
gente que me apoya y se preocupa por mí, sé que yo puedo, que soy más fuerte, pero
hoy el virus está ganando. Hoy me está ganando psicológicamente.
Hay mucha gente que piensa que ser fuerte es poder con todo,
estar por encima de todo, no venirse nunca abajo y en parte, yo antes pensaba
así. En estos días, cuando hablas y te escuchas a ti misma, cuando reflexionas,
te das cuenta que hay cosas en las que estabas equivocada. Ser fuerte es
aceptar las cosas como te vienen, es aceptarlo y decirlo abiertamente sin ningún
tipo de complejo, que si tienes que hablar con alguien entre lágrimas que lo
hagas, que si no estás bien que lo digas. Al fin y al cabo, los que más fuertes
se muestran son los más débiles a la hora de la verdad. No por mostrar mis sentimientos,
no por llorar, no por desahogarme soy débil, el que es débil es aquel que hay
algo que le impide seguir adelante, aquel al que algo le duele, aquel que se
calla lo que siente porque lo ve pero no es capaz de afrontarlo. De nada sirve
ser fuerte para el resto del mundo, cuando no lo eres para ti.
Mientras comía me he puesto la isla de las tentaciones y luego
me he tumbado en la cama para terminar el capítulo. Cuando ha terminado me he puesto
a ver las historias de Instagram y he empezado a ver todos esos videos de
despedida del 2021 de la gente. Nunca he sido partidaria de ponerse en el día
de hoy nostálgica recordando todos los recuerdos del año, siempre he sido más
en fijar la mirada en el futuro y pensar en todas las aventuras que me esperan
en esos nuevos 365 días.
Pero hoy, si lo he hecho. Este año siento que he aprendido un
montón de cosas y que he crecido mucho como persona. Así que, he escrito un pequeño
texto para mis mejores amigos de Instagram. El quedarme a gusto expresando mis
sentimientos y las dos videollamadas que han llenado mi tarde, una con mi
familia de sangre y otra con mi familia de corazón, han hecho que aunque hoy no
tenga ganas de comerme el mundo, sí haya reído y por tanto haya merecido la
pena este día.
Espero la cena con una energía diferente a como había
esperado la comida, y con eso me quedo. Esta noche no ceno sola, justo cuando
mi padre me ha traído la comida recibo un mensaje: ¿has cenado ya? La cena con
mi mejor amiga se alarga hasta las doce, como si hubiéramos quedado a cenar
como siempre. Luego como ya he terminado la serie me he puesto a ver una
película y ahora me voy a dormir, que mañana es el último día del año y hay que
aprovecharlo, aunque no pueda salir de estas cuatro paredes.
Octavo día de confinamiento
Día ocho de confinamiento y último día del año, así que me
he levantado con energía. He intentado hacer una mañana normal de fin de año.
Me he levantado cuando mi familia ha vuelto del médico para hacerse la PCR, me
he puesto a recoger y luego me he duchado pidiéndole a mi hermana que me dejara
en el cuarto baño un pijama “molón”. Ella sabía a cuál me refería, el pijama
enterizo del unicornio.
Para que fuera un día como otros años, ahora tocaría limpiarme
la cara y echarme mis mascarillas, pero eso lo dejaré para el día de antes de Reyes.
Luego me he pintado las uñas un año más de rojo con brillo escuchando de fondo
a Mónica Naranjo. Como la reflexión ya la hice ayer, hoy solo me queda ver películas
de Navidad, algo que no suelo hacer en este día, pero tampoco se me ocurre otra
cosa para entretenerme hoy.
Después de la película, como era de esperar, la tarde está siendo
un altibajo de emociones. La última tarde de 2021 no está siendo como me la
esperaba, aquí sola en mi cuarto intento esquivar mis pensamientos, pero no me
está saliendo bien del todo. Los auriculares con la música que me gusta me
evaden por unos minutos, pero luego vuelven las lágrimas una vez más.
Comerte las uvas sola no entra dentro de la lista de deseos
para finalizar el año. Una vez más no quieres estar mal y menos en un día tan
señalado como hoy, pero los recuerdos de otros años me invaden y lo que me
duele no son los recuerdos, lo que me duele es no poder estar con las personas
que aparecen en esos recuerdos. Y ahí te das cuenta de que lo que hace especial
tu vida no son los recuerdos, sino los contenidos, las personas que hacen de
esos momentos de tu vida dignos de recordar.
Si hay algo típico en un fin de año es beber. Así que, me
pongo a ello y entre medias recibo la llamada de mi mejor amiga. La última
tarde del año a su lado no me la imaginaba así, pero con ella cualquier momento
merece la pena.
Entre llamada y llamada de mi familia siento que me faltan
esos nervios, esa adrenalina de sentir que se está acabando el año y tener que
comer ya para estar a tiempo a las uvas. Me considero una engancha a esa adrenalina
y no sentirla me parte en dos, por un lado, quiero sentirla y por otro lado, no
me apetece. De nuevo, confusión en mi cabeza.
Aunque esté sola, decido arreglarme para así intentar levantar
la fiesta. Base, sombra, rímel, colorete, … con las últimas noticias de fondo parece
que me levantan un poco al ánimo. Es inevitable que empezar el año en estas
circunstancias me de pena.
Mi padre me trae la cena y con Antena 3 en directo me pongo
a ello. No voy a negar que durante la cena no se me haya escapado alguna que otra
lágrima. Hago una videollamada a mi familia y están cenando también, sin
embargo, el silencio es el protagonista de esta noche. Una noche en la que los
gritos, las risas, los chistes, las anécdotas, … han sido siempre la gran anfitriona
de esta cena.
| Mi cena de Nochevieja | Fuente: Noelia Martín |
Tras tomarme el postre escucho la voz de mi padre desde el
otro lado de la puerta: asómate a la ventana del patio. Y ahí estaban mis
primos, con sus latas de uvas esperando a que sean las doce para tomarse las
uvas conmigo, aunque sea en la distancia. Mis padres, mi hermana y mi abuela en
videollamada, mis primos debajo de la ventana y yo en pijama con mis doce
conguitos, metiendo voces porque desde abajo no de enteraban de las campanas.
Así he empezado yo mi 2022, un año que no sé qué me deparará, pero sí sé que espero
que sea un año grande.
Este año no he podido terminar de tragar la bola de conguitos
entre risas para ponerme a abrazar a toda mi familia y desearle un feliz año
uno por uno, me ha costado aguantar la lágrima cuando he visto a todo el mundo
abrazarse y yo no poder, este año no he podido brindar escuchando el choque de las
copas, sino mi copa con la pantalla del móvil, este año a la media hora de
empezar ya había echado la primera llorada, este año no he podido darlo todo
con mis primas en el karaoke, ni me he terminado de arreglar para irme con mis
amigas a empezar el año de la mejor manera, al lado de todas ellas. Aun así,
este va a ser un año único, voy a cumplir uno de los mayores sueños de mi vida,
y estoy segura de que este va a ser un gran año. ¡FELIZ AÑO NUEVO!
Noveno día de confinamiento
Penúltimo día encerrada y primer día del año. Ha resultado
ser que los últimos días son peores que los primeros, aunque también hay que
fijarse en que las fechas no ayudan. Me he levantado a las doce, pero he estado
hasta cerca de las tres de la tarde en la cama. Después de recoger un poco, me
he puesto a esperar la comida, porque estoy sentada en la silla del escritorio sin
saber qué hacer.
Mientras como me pongo una película que termino tumbada en
la cama. El ánimo no acompaña para hacer cualquier otra cosa. Mi hermana viene
a tocarme con el piano la nueva partitura que se ha aprendido desde el otro lado
de la puerta: bella ciao. Después de eso decido empezar el año bien y hacer un
poco de ejercicio, para sorpresa mía me levanta el ánimo.
Una videollamada de mi tía y escuchar música con los auriculares
mientras mi mente está rodeada de mis amigas bailando entre risas es mi
entretenimiento hasta la hora de la cena. Hoy no he hecho prácticamente casi
nada y lo único en lo que he pensado es en las ganas que tengo de que llegue el
lunes para poder salir de la habitación. Y aquí es donde recuerdo otro dicho:
no valoramos las cosas hasta que nos faltan.
Estaría bien y quedaría
mejor decir que tenemos que aprender a valorar a las cosas y a las personas
cuando las tenemos a nuestro lado, cuando es el momento, pero tampoco nos vamos
a engañar, por mucho que valoremos antes, nunca llegará a ser igual que cuando
no lo tenemos. Yo si considero que valoramos las cosas y a las personas, el
problema es que cuando las tenemos nunca imaginamos que las perdemos, nunca ponemos
fin a los comienzos que queremos y con los que mejor nos sentimos.
Muchos dicen que todo comienzo tiene un final, pero yo no estoy
de acuerdo. Las relaciones de familia no tienen por qué tener fin, las amistades
no tienen por qué fin, los/as novios/as no tienen por qué tener fin. Cualquier
relación que se cuide, que ambas partes pongan su granito de arena, cualquier
relación que realmente se quiere que sea para siempre, lo es, solo que nadie ha
dicho que sea fácil y a mucha gente lo complicado no le gusta. Ese es el gran
problema de esta sociedad, estamos acostumbrados a las cosas sencillas, y no
luchar por nadie más que nosotros mismos.
Después de la cena viendo Disney +, me tumbo en la cama con
el móvil esperando a que me llegue el sueño e iniciar lo que será mi último día
de confinamiento.
Décimo día de confinamiento
Llegó el último día de confinamiento y con él la alegría.
Hoy tampoco me he levantado temprano, pero sí me he levantado con ánimo. Mientras
comía he estado viendo el fútbol y puede que luego vuelva a repetir el mismo
plan.
Hoy va a entrar mi hermana a mi cuarto para hacerme un test
y no veo el momento de verla aparecer por esa puerta, pero ha ido con mi padre
al campo. Mientras espero quiero pensar en todas las emociones por las que he
pasado en estos diez días. Es sorprendente como en todo momento me he sentido
acompañada y nunca he sentido ese sentimiento de soledad a pesar de estar sola
físicamente.
Han sido unos días en los que he aprendido a convivir
conmigo misma, en los que me he parado a escucharme realmente y a conocerme un
poco más. Me he dado cuenta de quiénes son esas personas que cuando me decían
para lo bueno y lo malo era de verdad, esas personas a las que no quiero perder
nunca.
También he aprovechado para reflexionar sobre cosas que normalmente
no me pararía a pensar, y me he dado cuenta de cosas que tampoco me hubiera
dado en unas circunstancias normales.
Me siento de orgullosa haber sabido aprovechar este tiempo
para seguir creciendo como persona, y darme cuenta de que la soledad no te
lleva a ningún lado. He sido consciente de esa necesidad del otro que tanto nos
repiten pero que nunca llegas a creer, de esa necesidad de contacto, apego,
cariño, … de esa necesidad de relacionarnos para ser felices.
Me he dado cuenta de que la distancia no es ninguna excusa,
que si realmente se quiere no hay ningún problema. Haciendo una comparación un
tanto extrema, muchos piensan que la cárcel cambia, pero nada de eso. El estar
encerrado/a te hace pensar, reflexionar las cosas, algo que la rapidez con la
que vivimos en este tiempo nos impide.
Este virus es realmente un virus en contra del ser humano. Llegó
y nos separó, nos encerró y paró el mundo. Se ha llevado por delante a muchos
de nosotros y ahora nos está aislando uno a uno. Ha cambiado nuestra manera de
salir a la calle, nuestra manera de juntarnos, nuestra manera de celebrar las
cosas, … y vuelvo a repetir, este es un virus más psicológico que físico.
Pero hay que mirarle a los ojos con la fuerza y la unión de
todos, porque solo hay una salida ante esta pandemia. Esa salida no consiste en
otra cosa que remar todos para el mismo lado y lo más importante, de la misma
manera. Mientras siga habiendo inconscientes, antivacunas o la frase de “bueno,
si al final lo vamos a coger todos”, el virus seguirá cogiendo fuerzas y seguirá
parando nuestro mundo y seguirá cambiando nuestras vidas.
Cerca de las ocho de la tarde escucho llegar a mi hermana y
meterme voces diciendo: “tata, prepara la nariz”. Pasado el peor momento, el
meterse el palito por la nariz, llegan los quince minutos de espera. Esa espera
en la que estás buscando cualquier cosa para entretenerte y quince minutos que
pasan con toda la lentitud del mundo.
Negativo, las voces y los mensajes de alegría vuelven a mis
oídos y a mis ojos. En ese momento me doy cuenta de la paradoja de estamos
viviendo, pasamos toda la vida escuchando y queriendo ser positivos, ahora por
cada negativo hacemos una fiesta.
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