| Persona viviendo en la calle | Fuente: M.J.P |
El pasado 19 de enero, nos levantábamos con la noticia de
que el famoso fotógrafo, René Robert, había fallecido. Pero su muerte no se
produjo en unas circunstancias cálidas, ni de despedida. El artista dijo adiós
a este mundo congelado en una calle de París a sus 84 años, tras sufrir una
caída.
Hace unos días no había otro tema de conversación que no
fuera el enfado por no llevar a Rigoberta Bandini con su canción ay mamá a
Eurovisión. Una canción que aboga por el poder de la mujer y de la importancia
que tenemos en este mundo, o a las Tanxugueiras con terra, una canción que
hacer referencia a que no hay fronteras entre países. Cuando ocurren estas
cosas y ves que, a lo mejor no toda la población, pero si la mayoría lucha por
seguir avanzando en unos ideales comunes y de respeto hacia todos, refuerzas
esa base de confianza en la ciudadanía.
Sin embargo, otros días te levantas con noticias como esta,
una persona mayor se ha caído en la calle y finalmente fallece porque nadie ha
sido para prestarle dos minutos de su tiempo, porque nadie ha llamado a una
ambulancia, porque nadie se ha preocupado por si esa persona estaba bien. Estas
cosas hacen que pierda esa poca confianza que había trabajado por tener.
Nos esforzamos en defender la eutanasia porque todo el mundo
tiene derecho a morir dignamente, luego vemos a una persona morirse en la calle
y miramos para otro lado sin hacer nada. Nos esforzamos en defender tantas
cosas que se quedan en eso, en defender tan solo de boca.
Vivimos en un mundo en el que creemos que con dar dos discursos
y ser aplaudidos cambiamos cosas. Una palabra no cambia nada, pero es que
millones de palabras tampoco cambian nada. Todas esas son palabras vacías a las
que la realidad, el mundo real reduce a absolutamente nada. Con tan solo un
acto se cambia mucho y millones de actos sí cambian un mundo, pero eso ya no
nos interesa, ahí no nos aplaude nadie.
¿Defendemos realmente las cosas por que las pensamos o por
que así quedamos bien? ¿Cuánto de lo que sale por nuestra boca es verdad? ¿Somo
conscientes del mundo en el que vivimos? ¿Por qué vamos a las manifestaciones?
¿Sabemos lo que defendemos?
No todo es catastrófico, evidentemente el mundo está cambiando.
La apariencia avanza mucho más rápido que la realidad, aún así le sigue a paso
corto, pero firme como las procesiones en Semana Santa.
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