Cuando el parto se convierte en una pesadilla - Diario Andaluz

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domingo, 21 de noviembre de 2021

Cuando el parto se convierte en una pesadilla

» La comunidad sanitaria y las asociaciones feministas se encuentran midiendo la repercusión de las malas praxis en la Ginecología y Obstetricia a raíz de su inclusión del término ‘violencia obstétrica’ en futuras leyes en favor de la integridad de la mujer. 

 

» La controversia ha llegado a un punto que desde unos colectivos se niegue su existencia y otros, por el contrario, la afirme. Dos posiciones enfrentadas que dejan en medio lo más importante: las madres y sus bebés. 

 


Un parto de exploración ginecológica | Imagen: propia

Los nervios eran más que patentes en la primeriza. Toda la noche se había pasado dando vueltas. Había cumplido cuarenta semanas de gestación y todo estaba preparado. Era la mañana de un domingo de principios de febrero de 2003 y tomaron rumbo hacia el hospital. Juan Diego venía de camino. 

 


Así comenzó la mañana de María Luisa Sánchez (Arahal, 1975), muy similar a la de otras muchas mujeres que han vivido los momentos previos a dar a luz. Lo que no esperaba es que ese día iba a ser recordado de una manera más dolorosa de lo habitual. Un pesar que se extendió desde el paritorio hasta la habitación y, de ahí, a su casa -ahora de tres-. Desde el primer momento que pisó el Hospital Universitario de Valme el trato proporcionado por la ginecóloga al cargo de su caso no fue el más esperado. Tras pasar por monitores y ser reprochada y culpada por traer rota la bolsa amniótica, como si lo hubiera hecho a posta, la trasladaron a paritorio al tener una dilatación ventajosa para que el alumbramiento fuese rápido. Por ello, le recomendaron que no pidiera la anestesia peridural, cosa que aceptó porque creía que podría aguantar y confió en el criterio médico. 

 


Los ‘tactos’ se le realizaron sin la más mínima consideración. Como el niño parecía que no estaba encajado del todo, la facultativa comenzó a realizar la maniobra de Kristeller, aquella por la que se intenta bajar al feto hasta el canal del parto. Se lleva a cabo con algún sanitario encima de la mujer presionando desde la parte alta de la barriga hacia abajo. Como las primeras veces no causaron mucho efecto, siguió repitiendo el mismo mecanismo las dos horas siguientes. “Perdí la cuenta”, comenta María Luisa ahora, diecinueve años más tarde en su casa. Además, rememora aún con cierto amargor en la boca que en ningún momento le pidieron permiso para realizarlo. El niño seguía sin adaptarse a la postura del parto y las reiteradas maniobras hacían que la frustración y nerviosismo en la parturienta aumentasen hasta el punto de pedir ayuda de fuera de la sala a gritos por la manera de actuar de la ginecóloga. Pidió en reiteradas veces la cesárea y la epidural, además de rogar que no se subiera más, pero fue en vano. En una pérdida de papeles, la madre golpeó en la espalda de la médica para intentar zafarse. Fue lo que hizo antes de atarla de pies y manos al potro para que pariese

 

 

El ambiente de la sala se había convertido por momentos más asfixiante. Finalmente, la epidural se le suministró y “no me pasó ni por el pelo”, haciendo referencia a la poca efectividad que en esos momentos tuvo sobre ella. Entre frases como “no colaboras”, “parece que no quieres que nazca el niño” o “vaya mañana de domingo me estás dando”, la ginecóloga, que estima María Luisa que aún esté en activo, buscó la ayuda de un compañero quien, al momento, reubicó al feto y, con ayuda de instrumental, en menos de veinte minutos ya había nacido. Fue todo “muy mecánico”, resume sobre todo el proceso achacando la falta de humanidad. 

 


La cosa no quedó allí. Fue tan chocante el episodio que acababa de vivir que el instinto maternal, aquel tan necesario y emotivo en los primeros minutos del recién nacido, desapareció por un par de días. “En ningún momento sentí esa necesidad de ver y abrazarlo”, confiesa. “Fue como un peso quitado de encima, una cosa menos.” Poco a poco, se fue acostumbrando a la presencia del pequeño. 

 

(i) María Luisa posa con una foto de su hijo, Juan Diego; (c) y (d) momentos posteriores al parto en 2003 | Imagen: propia
 

María Luisa tardó casi tres años en darse cuenta que ella no había fallado en el parto. Lo descubrió cuando pasó por su segundo embarazo, el de su hija Isabel, al comprobar que la experiencia fue al contrario. Con los años, supo que fue víctima de violencia obstétrica. 

 


Este tipo de violencia apareció acuñado por primera vez a finales del siglo XIX, aunque no ha sido hasta hace unos años cuando entidades feministas y sanitarios han promulgado este nuevo término que alude a las “prácticas y rutinas que están fuera de la evidencia científica y aquellas prácticas que afectan a los derechos humanos, aunque generalmente ambos hechos suelen ir juntos”, definió en El País Miriam Al Adib, ginecóloga y divulgadora. Cesáreas y episiotomías (incisión en la vagina para facilitar la salida del feto) sin indicación facultativa expresa, separación de la madre-bebé sin motivo, infantilización, humillación o abuso de autoridad en controles rutinarios son algunas de las acciones que se recogen en este término que ya, en 2019, fue calificado como fenómeno generalizado por la ONU. 

 


En marzo de 2020, la por entonces diputada de Adelante Andalucía, María Gracia González, preguntó al consejero de Salud si por parte del gobierno de Juanma Moreno se preveía “erradicar este tipo de violencia de género en Andalucía”. Más adelante, un tweet de la ministra de Derechos Sociales y Agenda 2030, Ione Belarra, adelantaba que esta violencia se incluirá en las Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género. A raíz de esto, el equipo de Irene Montero trabaja con asociaciones y técnicos para incluirlo en la reforma de la ley del aborto, que se encuentra en fase de elaboración. Ha sido el paso definitivo para ponerlo en el candelero ocasionando reacciones de todo tipo en la política y sociedad. 

 


Uno de los colectivos que está colaborando en esta fase de redacción es El Parto es Nuestro, una asociación nacida en 2003 y que, desde sus inicios, se dedican a apoyar a mujeres que han pasado por situaciones difíciles de parto además de identificar las causas y proponer soluciones. Desde entonces, tienen dos líneas principales de actuación: informar sobre todo el proceso y aconsejar jurídicamente en el caso de que una de las asociadas quiera denunciar. 

 


La sensación de desconocimiento en el momento en el que se está embarazada se repite en muchos casos. “No sabemos a lo que nos estamos enfrentando. En principio tendríamos que ir al centro sanitario, pero empieza a haber actitudes y cosas que pasan que no nos concuerdan y no entendemos que sea lo correcto”, explica Susana Fernández, de la junta directiva de la asociación.

 

 

 

El término de la discordia 


En los últimos meses, a medida que se hablaba cada vez más de este término, crecía el debate en el seno de la comunidad sanitaria acerca de la validez del término. A día de hoy, es público el enfrentamiento entre colegios y sociedades médicas que se postulan en contra frente a otras, como pueden ser las que representan a las matronas donde corroboran su existencia en los paritorios de Andalucía, sin ir más lejos. 


El Colegio Oficial de Médicos de Sevilla señalaba en una nota de prensa en septiembre del pasado año que unir la asistencia a las embarazadas con situaciones violentas “es injusto, falso e irresponsable”, dejando claro que el uso de esta terminología podría crear una alarma social. Al paso de estas declaraciones, el Sindicato Médico de Sevilla, calificó de “dislate” esta terminología en una declaraciones de su máximo representante, Rafael Ojeda, en ABC de Sevilla


La Sociedad Andaluza de Ginecología y Obstetricia va más allá y esgrime, como refleja el mismo medio, que esta violencia no se sostiene desde el rigor profesional, sino desde “el partidismo y la estrategia política”. De esta forma, la institución que engloba a más de un millar de profesionales de la natalidad andaluza consideran una “aberración” que este término lo avale el Gobierno central. Sobre estas afirmaciones, Susana Fernández, de El Parto es Nuestro, reflexiona con ironía: “Los ginecólogos creen que quiere decir [la violencia obstétrica] que van y le pegan un puñetazo a la mujer que está pariendo”, a lo que le sigue: “Ya sabemos muy bien por el tema de la violencia de género que esas situaciones violentas no tienen que ser una situación física.”


La nota discordante la aportan otros colectivos sanitarios  como la Asociación de Matronas de Andalucía que, en un comunicado emitido en el verano, confirmaban su existencia y la necesidad de seguir mejorando en los protocolos. En la misma línea se muestra el Colegio Oficial de Enfermería de Sevilla donde es un problema que se viene denunciando “desde hace mucho tiempo”, aunque no obvia el enfrentamiento por la politización del término. 


Jorge Romero, vocal de matronas del Colegio, hace balance de estas últimas dos décadas donde “se ha mejorado mucho”. Pese a ello, es contundente sobre la existencia de la violencia en los paritorios: “Las mujeres no se inventan estas historias” y va más allá, al apuntar que la problemática es más amplia y afecta a todo un problema de género desde el mínimo gesto de paternalismo practicado por algún profesional en un momento puntual.


Romero aporta un aspecto también crucial para entender la violencia ejercida en las áreas de ginecología en los años previos: la sistematización. “Ha habido servicios enteros donde se enseña de residente a residente y de adjunto a residente que hay que hacer, por ejemplo, una episiotomía a todas las mujeres.” Eso conlleva un problema estructural enquistado en el propio bloque sanitario. Ahí no entra la evidencia científica, sino la autoridad del tutor. Aunque, concluye, que el panorama ha cambiado mucho en los últimos años con los residentes gracias al cambio de percepción social y a la enorme literatura científica que avala o defenestra técnicas para el parto. 

 

Una herida difícil de cicatrizar


María Luisa Sánchez, tras asumir su mala experiencia obstétrica, reconoce que entiende lo fácil que es caer en problemas de salud mental tras pasar por un episodio de este tipo. La Asociación Española de Psicología Perinatal nace en España en 2012 como un proyecto pionero con el fin de difundir y desarrollar el acercamiento a esta rama de la salud primal, a la vez que busca construir una red de profesionales, enfocados en la prevención e intervención específica de los problemas que derivan las malas praxis clínicas relacionadas con la natalidad. Estas expertas explican que el reconocimiento de una experiencia violenta se puede tener desde el mismo momento en el que se está ejerciendo y se puede prolongar meses y años. De esta forma, apuntan, pueden interferir negativamente en la vida de la mujer y en sus procesos de salud sexual y reproductiva, generando un miedo e indefensión hacia los servicios de ginecología y obstetricia. Incluso, en los casos más acentuados, llegando a desarrollar tocofobia secundaria, que es un miedo intenso e irracional ante los procesos de embarazo, parto y cualquier contacto con profesionales de la salud sexual. 


También alertan sobre el problema de reconocer los síntomas en la atención primaria como parte de un cuadro traumático y se dejan pasar algo normal dentro proceso natural como, por ejemplo, la labilidad emocional en el posparto.  


Sánchez recuerda, años más tarde, el momento de preocupación que supuso cuando su hijo, “debutó”, como dice ella, en la diabetes de tipo uno. Esa fue una situación muy difícil al conocer que hay estudios científicos que vinculan los partos instrumentados con enfermedades del sistema inmune. A día de hoy, confiesa que a veces, en “horas bajas”, la visita un sentimiento de culpabilidad aunque sepa que ella no hizo nada mal en el parto. 


Desde la Asociación reconocen que en los últimos años cada vez hay más mujeres que buscan ayuda. “Aquello que no se nombra no existe, así muchas mujeres que han sufrido violencia obstétrica han llevado y vivido sus procesos en soledad, incluso con miedo a verbalizarlos, por miedo a ser juzgadas minimizando su dolor.”, comentan las directivas. Al hablar más de esta realidad, las mujeres se han sentido validadas e identificadas, lo que les lleva a ser más capaces de tomar conciencia y exponer lo que viven, además de buscar ayuda. Un apoyo que tiene dos ejes: la psicología y la familia. 

 

La violencia obstétrica se encuentra en un momento de debate y enriquecimiento que, lejos de negacionismos y actitudes a la defensiva, pueden allanar el camino para una mejor atención en la sanidad a las embarazadas, cosa a la que siempre se debe aspirar. La Asociación de Matronas de Andalucía y desde El Parto es Nuestro coinciden en que lo importante es que se reconozca que existe, como primer paso para erradicarla. 


El término, considerado como una losa de mármol para que la cargue toda la comunidad ginecológica, puede provocar un rechazo. Es entendible porque estamos poniendo unas palabras muy duras en la práctica de profesionales, pero lo que no puede ser es que no se reconozca de que no se está dando”, comenta Fernández. Sobre esto, Jorge Romero busca el consenso en dos pasos: reconocer y sentar a todos los actores implicados en una mesa para cambiar el término. El nombre de una práctica no debería atormentar a más mujeres en los paritorios. 

 

 

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